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Las redes sociales y los chats no son para niños

redes sociales no son para niños

Y he dicho niños. No adolescentes ni jóvenes. Entiendo como niños todos aquellos por debajo de los 12 años. Y estoy siendo generosa ya que la edad mínima para tener acceso a una red social son los 14 años. Por eso, las redes sociales no son para niños.

Mi hija mayor tiene 10 años recién cumplidos y este verano ha descubierto el maravilloso mundo de los chats. Más concretamente Hangouts y Whatsapp. Y sí, la culpa es mía que soy quien le ha dado acceso a ellos. Porque no lo ha hecho a mis espaldas ni mucho menos. Primero porque mi hija NO tiene móvil. Considero que a su edad no lo necesita. Pero sí tiene tablet propia, a la cual ha tenido acceso todo el verano. Y sí, Hangouts fui yo quien se lo instaló y le enseñó a usarlo ya que su tablet está configurada con una de mis cuentas de correo (la cual le he cedido a ella ya que yo no la usaba).

Al principio nos enviaba correos a su padre y a mí. Vamos, que usaba el mail como nosotros usamos el Whatsapp. Y entonces le enseñé como funcionaba el Hangout. ¿Por qué? Pues porque han empezado a quedarse solas en casa cuando salgo a comprar alguna mañana. Y aunque se quedan con el teléfono para llamarme por cualquier cosa, me acostumbré a enviarle mensajes si veía que la cola era demasiado larga o si veía que tardaría más de lo que les había dicho. Vamos, que fue para mi propia comodidad y tranquilidad.

También han empezado a bajar solas al parque por las tardes (es un recinto cerrado y privado) así que, como es normal, se juntan con los vecinos. Y ahí ya entran niños de diversas edades. Algunos de la suya, otros algo mayores (un par de años más que la mía) y muchos con móviles propios. Así que empezó a agregar gente a su Hangout (con mi conocimiento). También agregó a compañeros de clase que, casualmente, también tienen móvil propio. Vamos, que durante unos días en esta casa lo que más se estilaba era pasar las mañanas en videollamadas (porque eso de escribir cansa) y por las tardes patinando por el parque.

Al mismo tiempo, empezaron a aparecer nuevos grupos de Whatsapp en mi móvil. Mi hija les dice a sus amigos que su madre no le mira las conversaciones así que le pueden escribir con total libertad. Y con esa confianza los grupos salían como setas (que ya os digo yo que aún sigo sin entenderlo porque eran los mismos en todos, vaya tontería más grande). Con todo este panorama virtual, mi hija aprendió en un mes que eso de tener una pantallita de por medio hace que sea mucho más fácil sacar tu lado más negativo.

Llegó la primera discusión vía Hangout con una “amiga” del parque. No voy a poner la conversación porque sé que estaría violando la ley de protección de datos, pero os prometo que aluciné. Pronto descubrí que la niña en cuestión se vuelve increíblemente valiente tras la pantalla y las conversaciones acabaron en un audio que recibí en mi móvil (realmente acaban confiándose tanto que piensan que el móvil es de mi hija y no mío) cargado de malas intenciones. Es más, intervine yo directamente y corté rápido el tema. Y guardo el audio por si acaso.

También acabaron desapareciendo todos los grupos de ambos chats. Mi hija salía de ellos porque decía que no hacían más que pelearse o reírse de otros niños. No le gustó en absoluto el uso que se estaba haciendo. Ella creía que aquello era para hablar, reírse, estar en contacto durante el verano ya que no se verían… Pero no. Acabó descubriendo el lado oscuro. Otro motivo más por el que las redes sociales no son para niños. Y este tipo de chats tampoco.

Esos niños tienen 10 y 11 años. ¿Realmente creemos que están preparados para manejar estas aplicaciones? Yo soy la culpable de que mi hija lo haya usado. Es más, confieso que lo sigue usando, pero ya solo con su amiga del alma y unas niñas más con las que hablan de “tonterías” (sí, reviso las conversaciones de vez en cuando, pero shhhhhhhh, no se lo digáis a nadie).

Los que tienen móvil no sólo usan aplicaciones de chat sino que tienen Facebook, Instagram y, la que está tan de moda entre la juventud: Musical.ly. Curiosamente, han empezado a seguirme todos (y yo a ellos, claro). No sé si es que se piensan que yo no miro mis propias redes, ya que mi hija no tiene permiso ni acceso para usarlas, pero es alucinante la libertad virtual que tienen a esas edades.

Y hay algo que no tienen muy claro: no son un juego de niños. No se dan cuenta del alcance de sus publicaciones, sólo buscan el tener más likes, el tener más contactos, más “amigos”, más repercusión. Buscan la popularidad virtual porque, seguramente, en el mundo real están muy lejos de tenerla. Y si la tienen, buscan seguir en la cresta.

¿Lo peor? La mayoría de los padres de estos niños no tienen ni la más remota idea de lo que hacen sus hijos en el mundo virtual. No conocen las redes y aún así les dan la libertad de acceso que no les corresponde por edad. Y eso es una verdadera bomba de relojería. Porque el ciberacoso está a la orden del día y les estamos dando un arma cargada a niños que no saben el daño que llegan a causar.

Pero de este tema os hablaré largo y tendido en el próximo post. Sólo os pido una cosa. No dejéis que vuestros hijos accedan al 2.0 sin acompañamiento. Al igual que en la vida real, en la virtual se necesita un guía.

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