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Sobreviviendo a la pubertad

sobreviviendo a la pubertad Adolescencia

Mi hija mayor a día de hoy tiene 10 años y 7 meses. Está llegando casi al final del proceso de su pubertad, la cuál empezó cuando tenía 9 años y 4 meses. Sé que la siguiente etapa (adolescencia) será dura (o no) pero, como mujer que soy, no recordaba la etapa inicial. Supongo que significa que nuestro cerebro desecha ciertos recuerdos, porque la verdad es que no recuerdo ser la bomba de relojería en la que ella se ha convertido.

El inicio

Poco después de las fiestas navideñas de 2016, mi hija se quejó de que le dolía mucho un bulto que le había salido en el pecho. Os podéis imaginar mi cara cuando al mirarla descubro un bultito redondo que se movía debajo del pezón. El susto que me llevé pensando en lo peor fue de órdago. No se me ocurrió pensar ni por un solo momento que aquello era normal (menos mal que con las dos siguientes ya voy aprendida).

Así que pedí hora en el pediatra rápidamente y cuando la examinó, me miró, luego a ella y nos dijo: “Es el botón mamario, bienvenida a la pubertad. Tendrás la menstruación en máximo dos años”.

Dentro de mí había una lucha encarnizada entre la alegría de que no era nada malo (soy tremendista por defecto) y la tristeza de saber que mi niña mayor había empezado el camino a dejar de ser “mi niña”. Porque no hay vuelta atrás, una vez empieza el proceso, ya no se puede hacer nada. Bueno, rectifico. Por lo que me contó la pediatra si hubiese empezado el proceso antes de los 9 años, suelen “paralizarlo” hasta esa edad. Para ellos lo normal es que se produzca entre los 9 y los 12 años.

Así que salí de allí pensando “se me hace mayor” y ella salió entre contenta y dubitativa. No acababa de entender lo que le iba a pasar a partir de ese momento, pero recordé que Núria, La mama fa el que pot, había escrito un post en este blog sobre un libro que trataba este tema. Os dejo el enlace para que podáis leer su reseña. Lo compramos esa misma tarde y se lo leyó de una tirada. Actualmente es su libro de consulta a cada cambio que percibe.

El proceso de cambio físico cuando tu hija está sobreviviendo a la pubertad

En este año y cuatro meses, los cambios físicos son más que visibles: el aumento de la sudoración, el vello púbico y empieza a salir en la axila. Además que parece que se haya fortalecido y ennegrecido el resto del vello corporal. Y sí, eso es un problema para ella. Nadie le ha dicho nada (ni nosotros, ni sus compañeros de clase), pero ella se mira al espejo y no se gusta (lamentablemente ha heredado todo el vello de sus padres) así que ya ha empezado a depilarse el bigote y el entrecejo. Y pobre de mí que no pida hora a tiempo porque no soporta verse.

Otra de las cosas que no llevamos nada bien es el sudor. No sé si será por el cóctel hormonal que tiene ahora mismo, pero ya huele como el de un adulto (y las prendas deportivas del cole no ayudan porque no son de algodón). Así que ahora nos volvemos locas buscando y probando desodorantes. No pueden usar antitranspirantes todavía y, claro, los normales no son tan eficaces. Si llegamos a encontrar alguno eficaz, ya os lo diremos.

Aparte de estos cambios, el que más se nota es ver cómo crecen. Las niñas suelen dejar de crecer en el momento que se les estabiliza la menstruación, por eso hay quienes paran a los 17 y quienes no lo hacen hasta los 20. Mi hija de momento va creciendo, aunque sabemos que no será muy alta, al menos esperamos que pase del 1.63 m que mido yo. Pero eso no es lo que más le importa. Tiene compañeros que siempre han sido muy altos en su clase y ya sabe que ella no será como ellos (o eso nos dice el pediatra) así que lo tiene asumido.

Otro cambio físico que teme es el acné, pero para eso aún nos quedan unos meses (y si es años casi que mejor para poder acabar sobreviviendo a la pubertad con más calma).

El proceso del cambio emocional

Y llegamos al que, para ella (y también para mí) está siendo el cambio más difícil y más problemático.

Más o menos a los tres meses de empezar el proceso físico, mi hija parecía una veleta debido a sus cambios de humor. Tan pronto estaba contenta, como empezaba a llorar. Pasaba de ser la más cariñosa del mundo a explotar y enfadarse con el mundo entero soltando verdaderas perlas por su boquita. Incluso se peleaba constantemente con su mejor amiga sin ton ni son. Por cualquier cosa se ponía hecha un basilisco.

Hasta que un día se dio cuenta y me dijo que ella no quería ser así, que no le gustaba su forma de ser. Y que no lo podía controlar. Ese cóctel hormonal que tenía dentro sacó todos sus miedos, todos sus celos, todas sus emociones más ocultas. Y, cómo es normal, con sólo 9 años no tenía ni la más remota idea de cómo gestionarlo.

Menos mal que el destino había puesto en mi camino a nuestra querida Ángeles o, como la llaman mis hijas, la profe de las emociones. Profesora de carrera, especializada en educación emocional y con una mano para los niños de esas que te hacen ver que lo suyo es completamente vocacional. Empezó a ir una vez al mes con ella y, desde el pasado septiembre, una vez por semana.

El cambio producido en ella es espectacular y con resultados visibles a muy corto plazo. Sigue teniendo explosiones emocionales pero ahora es capaz de identificar qué le pasa, cómo se siente, y pasada la tormenta, qué le ha provocado ese estado. Tampoco es que le ayude mucho tener dos hermanas pequeñas que la usan de diana demasiado a menudo para ver dónde está su límite. Pero gracias a la educación emocional se reduce muchas veces la intensidad de la pelea (que no la frecuencia) y creo que acabaremos sobreviviendo a la pubertad.

Sé que no es fácil, todas hemos pasado por ello, unas mejor, otras peor, pero es algo que nos toca vivir como mujeres que somos. A mis 44 años de edad me sigue afectando cuando tengo el periodo, digamos que mi humor se vuelve más negro que de costumbre. Y si yo no soy capaz de controlarlo, ¿cómo lo va a hacer una niña de 10 años?

Ahora mismo estamos en la Etapa 4 de Tanner. ¿Las que tenéis hijas e hijos en la misma etapa o a punto de entrar en ella, cómo lo lleváis?

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