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Vacaciones escolares y malas madres

vacaciones escolares y malas madres

Yo me creía superior al resto en cuanto al tema de las vacaciones escolares y malas madres hasta que mi bichilla ha terminado su primer año de colegio en P3 y me he visto de frente con la realidad que implican las vacaciones de verano. Cuando yo era joven e indocumentada, veía a las familias quejarse por lo largo que era el periodo estival, por no saber qué hacer con los niños, que si les complicaba mucho la vida tenerlos, que si se aburrían en casa, que qué poca vergüenza tienen los maestros y qué suerte con este trabajo en el que descansan tantos días al año… Menos en este último punto (oye, si querías ser maestro con sus privilegios y sus inconvenientes, haber estudiado para eso) pensaba que el resto de la humanidad estaba formada por malos padres y malas madres que no querían estar con sus hijos en verano. ¿Cómo podía ser? ¿No habrían sido embarazos deseados? ¿Ya se habían cansado de tener niños en casa? ¿Tanto incomodan estas criaturas según crecen? Y claro, andaba perdida en mis pensamientos de madre primeriza hasta que he vivido esto de las vacaciones escolares en mis carnes. Y no, no es que la gente no quiera pasar tiempo con sus criaturas (bueno, alguno habrá que prefiera cualquier otra actividad adulta y en solitario a buscar distracciones para hacer con sus hijos, pero no creo que esto sea la norma). Lo que ocurre es que no hay forma humana de conciliar un periodo vacacional tan largo, tan incompatible con las vacaciones paternas ¡y con tanto calor! Porque sí, hasta el tiempo parece influir en que veamos la forma de organizarnos de una manera más negativa. Así es que he hecho un experimento casero que me ha demostrado que si tuviéramos más tiempo libre ¡no existiría nuestro complejo de malas madres!

1. Un día normal. Intenta conciliar. En mi caso, en estas primera vacaciones escolares tengo que lidiar con un bebé de 5 meses y una niña de 3 años y medio, además de ser autónoma y trabajar desde casa, lo que automáticamente parece implicar que te comprometes a hacerte cargo de la situación tú sola y por tus propios medios. Me es imposible madrugar para trabajar antes de que ellos se desvelen, porque el pequeño vive incrustado en mi cuerpo, y si yo salgo de la cama, a él no le dura un segundo el sueño. Tampoco puedo trasnochar para trabajar, porque si la niña se acuesta a una hora moderadamente temprana (10-11 de la noche, ya que ella no es de los modelos infantiles que caen rendidos a las 7 de la tarde) el otro decide estar despierto y festivo, el marido quiere hacer vida familiar, y el ordenador lo tengo en la habitación contigua a la de la niña, por lo que déjate tú de hacer experimentos para que se despierten los dos. Con lo cual, mi jornada de trabajo veraniega se pasa dando saltos del desayuno a una red social, entre cambios de pañeles, demandas de teta y de sueño en mochila de porteo, redacción de textos y una niña que va y viene por todas las habitaciones, intentando distraerse sola, dibujando, con películas, ideando historias con sus disfraces, mientras yo respondo emails, hasta que llega la hora de comer y podemos hacer algo juntas, después de haberle pegado algún que otro grito para que no toque el ordenador o no vocee para no despertar a su hermano. Una pena de vida, vamos.

2. Un día experimental. Dedícate 24 horas a los niños. Si todos tuviésemos esta oportunidad ¡sí que serían geniales las vacaciones! En la primera semana, ya me había desesperado hasta tal punto visualizando todos los días que me quedaban que vivir de esta manera hasta la vuelta al cole en septiembre, que decidí vivir al día. Como si no existiera el mañana. Y además, quitarme un poco el cargo de conciencia de mala madre aburrida y que prácticamente se limita a que ningún hijo muera bajo su cuidado, pero que a quien no le alcanza la vida para hacer nada más allá. Así es que nos despertamos cuando quisieron, desayunamos con tranquilidad, hicimos algunos juegos, vimos películas, echamos siesta (este rato sí que lo aproveché para trabajar), merendamos e imaginamos historias de sirenas en el fondo del mar hasta que este hombre llegó del trabajo y se llevó a la niña al parque, con la fresca, mientras yo me quedaba a cargo sólo de bañar al pequeño y hacer la cena. Resultado: un día de lo más llevadero. Sin gritos, ni enfados, con horas que parecían pasar más deprisa, con la sensación hasta de que la niña me quería más que normalmente. ¿No deberíamos poder vivir siempre así?

Pero no es posible. Hay que trabajar para comer y la conciliación se ve tan lejana… Que por mucho que queramos poner de nuestra parte, las horas del día siguen siendo 24, los trabajos son cada vez más absorbentes, los salarios más escasos pero los niños ¡siguen demandando el mismo tiempo y atención que siempre! En definitiva, esta tontería de experimento me ha reafirmado en la idea de que no soy mala madre, ni en vacaciones ni el resto del año. Puedo ser más aburrida que otras, menos imaginativa, o más perezosa pero sobre todo ¡a mí lo que me falta es tiempo! ¿Y a vosotros?

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1 Comentario

  • Responder
    Nueve meses y un día después
    16 Julio, 2017 at 4:06 pm

    Ay, madre, yo llevo temiendo el verano que viene (El Santo entra en 3 años este septiembre) desde que me quedé embarazada jajaj. Y eso que trabajo en educación y tengo sus mismas vacaciones. Sí, lo sé, soy lo peor. Jajaja. Pero es que vivo en un lugar en el que el verano es un puñetero infierno y nosotros somos muy de calle. Y ahora con los dos… el mayor tendrá 4 años y el peque 1 año y poco. De locos. Suerte que contaré con la guarde del peque que ayudará a sobrellevarlo y que seguro que hay campamentos en inglés para el otro la mar de interesantes y divertidos jejeje. Por cierto, ¿no pensanste en esta opción para tu bichilla? Igual es muy de malamadre todo lo que estoy contando pero…

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