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El campo no es para mí

el campo no es para mí

Siento profunda admiración por esas personas que se dedican a llevar a sus cachorros de excursión en excursión y tiro porque me toca. Esas fotos con unos paisajes tan verdes, con unos riachuelos tan poéticos, con los peques derrochando paz en una especie de simbiosis con la naturaleza que les rodea… Pero mira, no, el campo no es para mí.

Recuerdo que cuando yo era niña mis padres eran muy de excursión y yo sufría. Mucho. Ocurre algo muy extraño y es que en el campo hay bichos en cantidad y yo tengo fobia a los bichos, especialmente a los que vuelan y saltan. Y, además, los puñeteros bichos lo saben y vienen a hostigarme. A mí eso de echarme a correr haciendo aspavientos mientras el resto de mortales me mira con cara de pena, como pensando “pobrecita, tiene alguna tara mental importante…”, que la tengo pero, coño, prefiero no hacerla tan visible.

Después de haber recorrido 4 veces la distancia que han recorrido los demás entre huida y huida de bichos acosadores, yo solo quería descansar y comer algo. Mientras todos podían disfrutar de su comida tranquilos, yo parecía tener un muelle en el culo. Cada vez que me sentaba a la mesa aparecía cualquier volador. Imposible sentarme sin ser objeto de ataques aéreos. Cuando ya mi padre me veía destartalada me daba las llaves del coche y, por lo menos, podía relajarme un rato.

Que vas creciendo y tu bichofobia te sigue acompañando pero bueno, como has crecido ya te quedas en casa cuando tus padres deciden irse de excursión y así no sufres. ¡Ay no! Que llegan las excursiones con el cole. Qué cruz, señor. De verdad que a mí me sobraba con estudiar naturales en el libro de texto, me estudiaba todo a pies juntillas así que ¿para qué salir al campo? Que recuerdo dos excursiones en concreto que no las puedo olvidar ni aunque quiera:

Excursión 1 a los galachos de no-sé-dónde. Nubes de mosquitos que nos rodeaban y se posaban por todas partes. Excursión que me duró 3 minutos escasos hasta que mis profesores decidieron dejarme en el autobús antes de soportar a una niña histérica.

Excursión 2 a no sé qué excavación. Aquí la cosa pintaba mejor. Todo un secarral así que aspiraba a soportar de forma medianamente digna que hubiera algo que volara. Y yo, orgullosa volví a casa porque había aguantado la excursión. La pena fue que algo me picó sin que yo me percatara y me pasé esa tarde y los dos días siguientes convertida en la pantera rosa. Que ni banderilla de urbasón ni antihistamínicos en urgencias. El bichejo había tenido mala baba.

Ya cuando dejas el cole y el nido parental respiras aliviada, porque sabes que no hay fuerza humana o divina que te haga hacer excursiones de nuevo. Pero te conviertes en madre, qué cosas tiene la vida… Y como no quieres que tus hijos tengan las mismas taras mentales que tú, pues te tragas tus palabras y cuando te dicen, como nos pasó este verano, “vamos a hacer una excursión muy sencillita, hasta los más peques pueden hacerla bien, y vemos una cueva que hay al final del camino”. ¡Vamos!

Que empieza la excursión y lo primero que tienes que hacer es agarrar del culo a tu marido, que va delante tuyo con la niña, porque con la primera roca pega un patinazo que casi se cae de morros. Bien. Que te vas enganchando con ramas, ramitas y pinchos varios, con la cabeza gacha para ver dónde pisas y evitar ver cualquier volador, porque ya sabemos todos que si no los ves es como si no estuvieran. Agarrando niños propios y ajenos porque las rocas resbalaban que daba gusto. Y, de pronto, pierdes a tu hijo de vista porque se ha venido arriba y ha puesto el turbo cual cabra montesa para llegar el primero al final del camino. ¿Dónde está el estado zen de las fotos de Instagram?? Sudando a mares, llena de polvo y tierra, con el pelo pegado como si me hubiera lamido una vaca. No voy a decir nada de la cueva, solo que en escasos 2 metros tenías la entrada y la salida. Y ahora desanda lo andado cuesta abajo. Llegué quitándome pinchos como en los dibujos animados.

Que no, que el campo no es para mí. Ni campo verde, ni secarral, ni cuevas, ni leches. Que a mí me gusta hacer espeleología en los centros comerciales, que el único riesgo que tengo es el de fundir la tarjeta de crédito.

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