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Reyes Magos ¿o no?

reyes magos o no

 

Hace exactamente 7 años que me hago esta pregunta, desde que nació mi hijo mayor.

Siempre recuerdo la ilusión y los nervios de los días de “Reyes” de mi infancia. Los recuerdo con alegría, gratitud, y también con cierta incertidumbre. Tiendo a preguntarme mucho por el significado de las cosas y me genera mucha curiosidad no sólo por qué o desde cuándo esta tradición (más allá de las implicaciones religiosas), si no sobre todo “para qué”.

¿Para qué les contamos a los niños que unos seres fantásticos les traen regalos?

Me encontré con que en la familia de mi pareja nunca habían celebrado los Reyes Magos ni Papá Noel. Se daban regalos, eso sí, pero los intercambiaban entre los miembros de la familia sin esperar que ningún ser mágico los trajera.

Para él instaurar en nuestra recién formada familia la tradición a mi manera, significaba mentirles. Además, cuando yo le hablaba de la ilusión que había generado en mi infancia esta tradición, él me contaba que no sentía que hubiera sufrido ninguna carencia por no haber creído en estos seres.

Sé lo importante que es generar ilusión en los niños – o mantenerla al menos, porque creo que nacen (nacemos) ilusionados de fábrica – pero las conversaciones con mi chico al respecto me abrieron a nuevas preguntas que nunca había imaginado tener que plantearme: ¿Le decimos que existen los Reyes Magos o no, y creamos la ilusión o repartimos regalos con nombre y apellidos?  ¿Qué aporta esta tradición al desarrollo de su infancia?

Pensaba en cómo muchos adultos recordamos como traumático el momento de la revelación… y seguía preguntándome: ¿Le hará más feliz mantener la creencia? ¿Le pondrá triste descubrirlo? ¿Chocará con su entorno si lo sabe? ¿Descubrirlo le hará más agradecido y consciente al recibir los regalos, como aseguraba su padre? ¿Es mejor contárselo o esperar a que se entere en el cole o en los parques?

Mientras fue bebé pudimos pasar de puntillas por el asunto sin tener que sentarnos a tomar decisiones al respecto.

Cuando fue creciendo empezó a preguntar (él también pregunta mucho y conversa mucho, por suerte): “¿Es verdad que los Reyes Magos existen?” “¿Cómo traen los regalos?” “¿Cómo entran a casa?” y un largo etcétera.

Típicas preguntas de niño curioso que va tomando conciencia de su entorno.

Los familiares de mi parte, además de vecinos, amigos, profesores y una larga lista de allegados, le insistían en que sí, que existen y dejan los regalos por arte de magia. Los familiares paternos viven en la otra punta del mundo así que… bueno, no han tenido ocasión de pronunciarse con él al respecto.

Yo me debatía entre la creencia y la realidad mientras su padre seguía apostando claramente por la realidad.

Pero ¿cuál era la fórmula o el momento adecuados para mostrarle la realidad sin que eso disminuyera la ilusión?

Encontramos una manera intermedia de decírselo en la que “nada es verdad ni es mentira sino del color del cristal con que se mira”: le empezamos a explicar desde muy pequeño que no entraban hombres cargados de paquetes literalmente por nuestra ventana, si no que al hablar de “Reyes Magos” o “Papá Noel” lo que estábamos nombrando es “un tipo de energía que hace que nos movamos para conseguir regalos y momentos bonitos para los seres queridos.”

Mantuvimos la fórmula unos años: ni sí, ni no, ni blanco, ni negro.

Durante estas Navidades pasadas, a sus 7 años y con mucha más capacidad para preguntar y esperar una respuesta concreta nos dijo:

  • Ya sé lo que me vais a decir, ¿pero existen o no? Porque para mí sí.

Entonces llegué a la conclusión de que lo que el niño quería era mantener la ilusión. Afiné la pregunta en mi interior: ¿Es compatible la verdad con la magia?

Cuando se acercaba el 5 de enero encontré la inspiración: Llegamos a casa de mi madre, donde íbamos a pasar la noche de reyes, cargados con regalos para los adultos – unas tazas sencillas que los niños podían pintar para dejar en ellas un mensaje personalizado.

Les conté a mis hijos con mucho misterio (incluyendo al pequeño en la ecuación ya que estábamos manos a la obra con el asunto) que por primera vez en la historia de los niños iban a conocer toda la verdad y que eso les permitiría ser parte de la creación de la magia.

Aluciné cuando vi que la ilusión de preparar regalos para quienes tanto quieren superaba con creces la de recibirlos al día siguiente por arte de magia.

Nos encerramos los cuatro en una habitación en la que nadie más podía entrar y nos pasamos buena parte de la noche pintando y envolviendo tazas para cada miembro de la familia y dejándolas en silencio y a escondidas (con toda la delicadeza de que eran capaces dados sus nervios) bajo el árbol. Ponían mucho cuidado en que los nombres estuvieran a la vista y que la presentación fuera hermosa.

No ha habido trauma al descubrirlo sino empoderamiento.

Se ha comprometido a mantener el secreto de cara a sus amigos y amigas aunque las preguntas al respecto siguen creciendo:

  • ¿Por qué no puedo decírselo a mis amigos?

Entonces hacemos hincapié en el respeto a los tiempos y costumbres de los demás como otra forma de hacerles un regalo: Si respeto tus creencias te cuido y te regalo mi complicidad.

Nosotros por ahora hemos resuelto el tema haciéndoles cómplices de un momento hermoso y dándoles el poder de regalar a otros.

Al fin y al cabo, demostrar el amor que sentimos por otros mediante un regalo o un cuidado especial es de las cosas más bonitas de quererse.

No hace falta que sea material. No hace falta que sea caro. Hace falta que nos mueva la ilusión de hacer felices a quienes más amamos.

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