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Caminando hacia la adolescencia

hacia la adolescencia

Mi hija mayor tiene casi diez años. A veces me la miro, y veo la niña que sigue siendo.  Juega con sus muñecas, pinta, hace  manualidades… La veo jugar con su hermana  pequeña, con el tren de madera, los bebés, y tan sólo veo dos niñas.

Pero de repente, últimamente, me sorprende con actitudes que ya no son tan de niña. Y me pregunto, orgullosa, ¿en que  momento se ha hecho tan mayor?

 

Mi hija ha empezado un camino de no retorno, hacia la adolescencia. Un camino hacia un mundo nuevo. Un camino que no será siempre fácil, ni para ella, ni para nosotros, sus padres. Pero un camino maravilloso que la llevará a convertirse en una mujer extraordinaria, estoy segura de ello.

Esta es una etapa en la que veo como la niña y la adolescente que habitan en ella, chocan ferozmente para salir una encima de la otra.  Y se mezclan momentos en que creo que ni ella misma sabe que es lo que le pasa.

Anticipándome un poco a estos cambios, hace unos meses le  regalé el libro de Mia se hace mayor, en el que de manera práctica y sencilla, les explican a las niñas, a través de la protagonista, Mia, los cambios que se les vienen encima. A ella le ha encantado el libro. Y se lo ha leído varias veces, dice que para estar bien informada y preparada para cuando le llegue la pubertad.

También busqué información sobre la llegada temprana de la adolescencia en nuestros hijos. Y pude comprobar que no son imaginaciones mías, y que, efectivamente, el camino hacia la adolescencia se estaba adelantando en nuestros hijos, respecto a nosotros, o generaciones anteriores. Debido, entre otros muchos factores, a la contaminación ambiental, la comida procesada, etc.

Pero  hoy, quiero centrarme en la parte emocional de todos los cambios que conlleva el hacerse mayor.

Porque este camino hacia la adolescencia será un aprendizaje para ella y para nosotros.

Hay ya episodios de enfado sin motivo aparente.  Estos enfados son cada vez más potentes. Y ella no solo saca genio, sino personalidad. Quiere imponer su criterio porque cree que es el adecuado. Y no piensa aceptar que la tratemos como a una niña y le digamos lo que tiene que hacer. En estos momentos es cuando, como madre, debo tener los tanques de paciencia a tope. Y tendré que evitar criticarla o compararla con nadie. Y dejarla un poco que gestione su mal humor.

También nos estamos encontrando que a parte de enfadarse, le entran pequeños momentos de apatía, en los que si le pregunto, no sabe responderme que le pasa.

Cuando la veo así, un poco perdida, le cuento cosas de mi primera adolescencia, para que vea que tanto yo como su padre, hemos sido jóvenes y hemos pasado por lo mismo. Procuro mostrarme receptiva y comprensiva con sus altibajos, aunque no siempre lo consigo.

Alguna vez me ha dicho que la deje sola, así que he respetado su necesidad y me he ido de la habitación.

Tras estos momentos, suele venir a buscarme al cabo de un rato, con cualquier excusa.  Creo que es bueno dejarle  ese espacio para ella, porque veo que lo necesita.

Sé que  tiene momentos de desconcierto, en los que sus cambios de humor son incomprensibles hasta para ella. Que  pasa de la risa al llanto en cuestión de segundos. Y debo mostrarme comprensiva ante sus cambios, ante su rebeldía. Ante su querer imponer  su decisión por encima de nosotros, como acto para reafirmarse  ella misma como persona “adulta” que quiere empezar a ser.

En algunos momentos en los que  la adolescente gana a la niña, la veo aún muy inmadura, insegura, y procuro mantenerme cerca de ella, a una distancia prudencial, porque sé lo mucho que aún me necesita, aunque ella no quiera verlo.  Le cuesta cogerme de la mano o darme un beso en público, pero sé que la niña que sigue habiendo dentro de ella, aún necesita mis besos y abrazos, cuando estemos solas, y quizás lo necesita más que nunca.

Este camino a la adolescencia es todo un reto para mí, como madre, ya que quiero estar a la altura para acompañarla a cruzar la frontera que la llevará a la adolescencia.

Siempre le hemos hablado muy claro, y ahora debo seguir haciéndolo, más que nunca quizás.  Le brindo la confianza suficiente para que siga sintiéndose cómoda para hablarme de lo que a ella le apetezca, o le preocupe. No puedo quitarle importancia a eso que a ella tanto la preocupa. Debo entender y respetar sus emociones, tan cambiantes últimamente.

Pero por otro lado, siento que tenemos la obligación y la necesidad de seguir marcando unos límites. Que por el hecho de intentar ser unos padres comprensivos no dejemos de lado el que necesita una disciplina, necesita saber que no puede hacer lo que ella quiera, que hay normas y hay que cumplirlas.

Y además trabajaremos duro para fortalecer su autoestima, la confianza en si misma. El amor propio. El quererse a ella misma por encima de todo, el aceptarse como es, en todos los aspectos. Para forjar una personalidad y un carácter fuerte, que no se deje arrastrar ni avasallar por el lado oscuro que presenta a veces la adolescencia.

Siempre me he sentido orgullosa de ella. De su educación, su empatía, su saber estar. Su capacidad de decisión y de acción. De su defensa del más débil. Y todo esto debemos preservarlo para que el camino a la adolescencia sea lo más llano posible.

Que todos los “males” de la adolescencia sean el famoso “pavo” y sus ataques de risa tonta incontrolada.

Y tú, ¿ves que se acerca este camino? ¿Cómo lo enfocas?

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