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Conciliación, maternidad y discapacidad. Mi utopía

La conciliación laboral es, sin duda, uno de los retos más importantes que implica la maternidad y especialmente la crianza de un hijo o hija con discapacidad.

Requiere una atención plena y, por desgracia, solo en la administración pública se reconoce la flexibilidad horaria como derecho. En el ámbito privado dependerá de cada pacto de empresa, convenio colectivo o buena voluntad del empleador.

Así son las cosas.

Ser mujer, ser madre y, además ser madre de un niño con diversidad funcional. Esto, amigos, es el auténtico COMBO MORTAL. Es una combinación que hace que esa conciliación de la que tanto hablamos se convierta en una auténtica utopía.

Citas con pediatría, con especialistas de todo tipo, pruebas y más pruebas, entrevistas y papeleos con la administración, terapias… A esto súmale un día y otro también con el niño que no puede ir a la escuela infantil o al colegio porque está enfermo (más de lo habitual). O porque dentro de su condición, se da alguna patología crónica. O porque ha de pasar por quirófano. O tiene que estar hospitalizado durante temporadas…

Cuando tras nacer Rodrigo me encontré en esa tesitura, no tuve más opción. Trabajaba en  jornada partida 40 horas, sin posibilidad de flexibilizar ni de reducción, con un traslado a la vista.

Posteriormente proseguí mi búsqueda activa de empleo pero los horarios -en una ciudad como Madrid, imaginad- seguían siendo imposibles, además del hecho de no contar con ayuda de ningún tipo.

Y el tiempo pasaba, la familia crecía y las entrevistas cada vez se espaciaban más.

Cuando conseguí reengancharme fue en condiciones complicadas. Tenían que cubrirme mis compañeras en más de una ocasión y eso solo añadía más estrés a la angustia que me generaba la discapacidad severa de mi pequeño.  Además debía sumarle la sensación frustrante y derrotista que me producía el no llegar a nada, lo que repercutía en todos los ámbitos de mi vida: personales, de pareja, familiares… Porque la conciliación abarca todas y cada una de las facetas de nuestras existencia.

Al final llegó la renuncia.

Los niños crecían y estaban escolarizados, sentía que era mi momento pero el mercado laboral consideraba que esos años “en blanco” debían ser penalizados. Con el tiempo me fueron “invisibilizando”, penalizando, perdiendo mi valía como activo.

De repente ya no era necesaria, en plena juventud, pero ya no era apta para ningún puesto, aunque encajase perfectamente en el perfil y bordase las entrevistas.

Este fue mi caso y el de muchas otras madres que, como yo, no encontraron la manera de compaginar el trabajo remunerado fuera de casa con la crianza atípica. Aunque existen casos, por supuesto, que han encontrado las fórmulas pero lamentablemente la mayoría de ellos en detrimento de su promoción y con peores condiciones laborales.

Da igual ser una profesional preparada, con formación y experiencia. Llegó un momento en el que los entrevistadores solo veían a la madre con responsabilidades, anticipando que mi desempeño, el desempeño en un puesto para el que aún no había sido contratada, iba a verse afectado repercutiendo en mi eficiencia, como ya conté en otra ocasión…

Y me gustaría decirle a todos esos entrevistadores y empleadores que la maternidad en general, y la maternidad atípica en particular, no borran de un plumazo tus capacidades, tus habilidades, tu experiencia, tus competencias.

Para nada.

Es más, me aventuraría a decir que la maternidad desarrolla toda una serie de competencias informales, que resultarían de un valor incalculable para numerosos puestos de trabajo, a saber:

  • Capacidad de asumir riesgos
  • Gestión de recursos
  • Organización y planificación
  • Perseverancia y constancia
  • Capacidad de esfuerzo y sacrificio
  • Comunicación
  • Trabajo en equipo
  • Gestión de crisis…

…y seguro que podría seguir.

Hace falta mucho compromiso y voluntad por parte de empresas, entidades y administraciones públicas. Se necesita valorar las circunstancias personales y dar la oportunidad de flexibilizar jornadas además de toda una serie de medidas que se están llevando a cabo en algunas empresas y en otros países.

Yo decido criar a mi hijo: quiero acompañarle a las terapias, a las pruebas, a los médicos y él necesita que tanto su padre como yo estemos ahí. Pero también he decidido criar a mis otros dos hijos y no convertirlos en carne de extraescolares y a cargo de cuidadores.

Mi conciliación no fue posible y mi renuncia laboral ha sido enorme. Sin embargo no, no me arrepiento de haberlo hecho.

Reconozco que sí me quedará siempre ese resquemor por haber dedicado tantos años de mi vida a forjar una profesión-vocacional- y no poder haberla desarrollado en plenitud porque las empresas no están preparadas ni sensibilizadas para valorar el potencial y la valía que puedo aportar.

De momento, seguiré reivindicando la necesidad de cambio y el hecho de que es posible. ¿Y tú? ¿También tuviste que renunciar?

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