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Yo no soy tu amiga, soy tu madre

no soy tu amiga, soy tu madre

Vale, acabo de releer el título y así, en frío, la afirmación de no soy tu amiga, soy tu madre suena mal. Mejor dicho, suena a sentencia. Alguno de mis amigos frikis lo leerán con voz de Darth Vader (que os conozco!): yo soy tu madre (vale, lo he leído mentalmente con esa voz).

Cuando yo era adolescente la confianza en mis padres era nula. Nunca les he explicado nada ni de mí ni de mis amigas. A mi padre porque tenía miedo a su reacción, a mi madre porque se lo contaba todo a mi padre (lo descubrí con 9 años y para mí fue un delito de alta traición que tardé muchísimos años en perdonar).

Cuando conocía a gente que tenía confianza plena en alguno de sus progenitores (o en los dos) yo moría de envidia. No nos engañemos, poder confiar en tu madre (o padre, o ambos) durante esa etapa debía ser un grandísimo apoyo. Lo cierto es que en mi época, las que confiaban en sus madres eran más bien poquitas. La mayoría de nuestros padres fueron educados de forma muy estricta (mis padres trataban de usted a mis abuelos) y supongo que nadie les dijo que también se puede fomentar la confianza progenitores-hijos.

Cómo yo no fui una madre demasiado temprana, varios conocidos y/o amigos ya tenían hijos cuando yo aún vivía en mi mundo de trabajo y fiesta, así es que a través de ellos he ido viendo varios cambios en la forma en que los padres trataban a sus hijos (principalmente, me centro en los adolescentes). Muchos empezaron a tratar a sus hijos como amigos o colegas, dando una permisividad extrema desde muy temprana edad.

A día de hoy, siendo madre de una adolescente, veo la diferencia entre los que creemos en los límites y los que creen que a los niños hay que dejarles volar libres.

Durante mi infancia, adolescencia y juventud viví rodeada de límites y prohibiciones y eso me convirtió en alguien extremadamente rebelde, que aprovechaba cualquier ocasión para saltárselo todo y hacer lo que me viniera en gana, a sabiendas de que las consecuencias al volver a casa serían terribles.

Pero lo que yo viví no me ha hecho borrar los límites de la educación de mis hijas. ¿La diferencia? Mis límites son mucho más anchos que los que yo tuve. ¿Mi mejor arma? Hablar y negociar.

Mi hija mayor tiene 11 años, cumple 12 en dos meses, pero hormonal y emocionalmente ya es una adolescente. Lo cuenta todo, incluyendo lo malo. Si ha hecho algo mal lo cuenta, ha aprendido a hacerlo porque le he inculcado desde muy pequeña que prefiero una verdad dolorosa a una mentira (que siempre acabas destapando). Que una verdad puede derivar en un diálogo, pero una mentira puede derivar en un castigo (entiendo castigo cómo la pérdida de algún privilegio durante un período razonable de tiempo).

Sé con quién se ha peleado, con quién se lleva bien, con quién se lleva de pena, lo que piensa, el chico que le gusta, lo que la agobia y lo que la hace feliz. Pero también tiene momentos de “tú no me entiendes porque no tienes hermanos” (no puedo negar que tiene razón), “es que nadie me quiere”, “estoy enfadada con el mundo”, … y todas esas maravillosas explosiones y cambios de humor propios de su edad.

Cuando tiene esos momentos oscuros, a veces se olvida de con quién está hablando y habla con desprecio… Ahí es cuando saco la carta del “ojo, soy tu madre, no tu amiga. Y a una amiga tampoco se le habla así”. Entonces para y ve que por muy enfadada que esté lo que no puede perder nunca es el respeto. Ni a mí, ni a nadie (con sus hermanas le cuesta un mundo, pero eso ya os lo cuento otro día).

Y entiende que puede confiar en mí, no voy a ir por ahí pregonando sus secretos y sé que hay cosas que no me cuenta, pero entiendo que es lo más normal del mundo. ¿Qué adolescente no esconde cosas a sus padres? Pero sé que son cosas triviales (tiene la mala suerte de que siempre me acabo enterando de todo, incluso creo que debe pensar que soy una verdadera bruja). Lo importante, lo que le sale de dentro sí lo explica y creo que es la base indispensable para el camino que llega ahora. Sé que desde hoy hasta que se convierta en una jovencita, hay una etapa difícil, muchas hormonas, muchos cambios físicos y psíquicos, empiezan a poner las bases de su futuro, tienen más libertades, ya no te necesitan para muchas cosas… Pero sé que tiene muy claro que yo siempre le diré qué está bien y qué está mal. Y, sobretodo, por qué lo está.

Porque no nos engañemos, aunque digan que no entendemos nada y que somos un coñazo, en el fondo a quien realmente escuchan es a nosotros. Las palabras que más grabadas se les quedan son las nuestras. Fomentemos la confianza, pero nunca dejemos de ser sus guías, porque justo en esa época es cuando más nos necesitan.

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