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Ser madre de una adolescente no es tan malo

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Sí, lo he puesto en femenino porque sólo tengo hijas, así que no puedo compararlo con ser madre de UN adolescente. Así que aclarado el tema, vamos allá con mi experiencia.

Nos pasamos parte de la infancia de nuestros hijos temiendo la etapa adolescente. No sé si es porque tiene mala fama o porque nosotros mismos no fuimos unos adolescentes modelos (al menos en mi caso). Sí es cierto que ahora evolucionan a una velocidad superior a lo que lo hicimos nosotros (al menos los de mi quinta, esos del setenta y algo) y a veces es difícil seguirles el ritmo o entender que ya hablen de cosas que ni se nos hubieran pasado por la cabeza.

Pero, en mi caso, ya confesé que a mi los niños pequeños ni fu ni fa. Que he querido mucho a mis hijas siendo pequeñas, me he divertido con ellas, he aprendido y las he disfrutado, pero no cambiaría a mi adolescente y a mis preadolecentes por nada del mundo. Bueno, a las minis hay días que sí.

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Lo que más me gusta de esta etapa

Sin dudarlo ni por un segundo: la forma de comunicarnos. Nunca les he hablado con diminutivos, ni con voces raras (más que nada porque se me da fatal y mi sentido del ridículo es exacerbado) así que poder tratarlas como mini adultas para mí es lo mejor del mundo.

Cierto que a la mayor la trato más de tú a tú que a las minis, pero esos casi 3 años de diferencia en estos momentos parecen un abismo. Creía que solo vería esa diferencia mientras eran pequeñas pero no, ahora es muchísimo más grande que antes. Se puede ver, claramente, en algo tan sencillo como una canción.

Lamentablemente los gustos musicales de mis hijas dejan mucho que desear y les gusta, como a la mayoría de jóvenes hoy en día, el trap (que es muchísimo peor que el reggaeton). Esas letras están cargadas de frases sexistas y de frases e insinuaciones sexuales. La mayor entiende al 100% las canciones e incluso ella misma descarta algunas por ofensivas. Las minis en cambio no entienden muchas de las palabras y las cantan (por dios que no lo hagan en el cole) porque les gusta el ritmo.

Otra cosa que me gusta muchísimo es ver cómo descubre el mundo en todo su abanico de colores, incluyendo especialmente el gris y el negro. La vida ya no es simplemente jugar, comer, dormir, ir al cole y jugar ora vez. Empiezan las relaciones sociales a niveles verdaderamente complicados, los primeros amores, las primeras decepciones con amigas o amigos, ver que no todos piensan lo mismo que tú, ver con tus propios ojos las injusticias sociales,…

Ya son pequeños adultos. Piensan por si mismos, no por lo que le digamos los adultos. Ellos ya se están formando sus propias ideas en cuanto a los temas más delicados: política, religión, sexo,… y tienen inquietudes, dudas y mil preguntas. Suelo responder sin tapujos porque creo que si yo no le doy la respuesta que busca, la acabará encontrando por otros canales y prefiero saber qué tipo de información le llega.

Suele preguntarme qué hacía yo con su edad en cada cosa que le pasa y yo se lo cuento sin problemas. ¡Ojo! Estamos hablando de qué hacía yo a los 12 años, cuándo me empieza a preguntar cosas que no creo que deba saber, simplemente un “cuando seas más mayor hablamos de ello” es suficiente para que no siga indagando. Cómo he dicho antes, mi adolescencia no fue un modelo a seguir, más bien todo lo contrario.

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La confianza mutua es la base de todo

Confianza recíproca. Yo confío en ti y tú confías en mí. Yo no puedo pedirte que no me mientas, si yo te estoy mintiendo. Esa es premisa básica en mi relación con  mi hija mayor.

Una cosa es que no pueda contarle ciertas cosas, y de ahí la frase de “cuándo seas más mayor”, pero no cubro el expediente con una mentira. Sabe cosas mías que puede averiguar simplemente preguntando a mis padres: empecé a fumar a los 14 años, no pude federarme porque mis padres no me dejaron hacerlo, no era la mejor estudiante del mundo (pero porque no me esforzaba lo más mínimo),…

He descubierto que ser sincera con ella y analizar las cosas que yo hice mal, hace que ella piense si realmente quiere hacer algo o no. Por ejemplo el tabaco, sabe que yo fumé, ella tiene muy claro que no quiere hacerlo (sí, ya sé que todo puede cambiar más adelante, pero de momento es una promesa que se ha hecho a si misma).

Sabe que yo no empecé a salir de noche hasta que fui mayor de edad y entiende por qué no quiero que lo haga ella. Que sé que llegará el momento en que tendrá ganas de hacerlo (digamos que ya se le ve que el lado fiestero lo ha heredado de mí y no de su padre) pero que quemar etapas antes de tiempo solo acaba acarreando problemas a futuro.

Me ha preguntado por mis primeros novios, mi primer beso (sólo le falta preguntarme a qué edad perdí la virginidad), mis amores platónicos. Y oye, que hay cosas que al contárselas te hacen sonreír, porque aunque tu primera relación acabara mal, visto 30 años después, recuerdas lo bonito de esas primeras veces y apartas lo malo, porque ahora entiendes que no fue tan malo.

A cambio de ser sincera, yo recibo sinceridad en la mayoría de las cosas. Sí, sé que a veces me miente, es una adolescente, ¿realmente creía yo que me iba a decir tooooda la verdad? Esconde aquello que sabe que yo criticaré o que no aceptaré como comportamiento. Lo malo es que la tengo muy calada y se ve a la legua cuándo no dice toda la verdad. Pero, en el fondo, también entiendo lo de “no quiero enfadar a mi madre”.

Aparte de esas mentirijillas, el resto me lo cuenta todo. Hasta el punto de que sus amigos se sorprenden sobremanera cuando la recojo y me cuenta lo que han hecho o les ha pasado. Más de uno dice que cómo puede ser que me lo cuente todo cuando ellos no cuentan nada a sus padres. Y es en ese momento, cuando me doy cuenta de que no lo estoy haciendo tan mal. Que la base de mi sistema de crianza, no ha sido tan malo y que ahora empiezo a recoger esos frutos.

Me explica sus enfados, sus decepciones, sus alegrías, sus tonterías, sus malos días y sus buenos. Eso sí, si no quiere explicar algo ya le he dicho que no me mienta (lo hizo la primera vez) si no que me diga la verdad “lo siento, pero no quiero explicártelo” o un simple “son cosas mías”. Le he hecho entender que no tiene que contar aquello que no quiere. Eso sí, que si es algo grave que, por favor, valore si en algún momento quiere hablar.

Me pide ayuda cuando no puede con una situación, me ha llegado a pedir que intervenga en una conversación de Whatsapp complicada en la que ya no sabía cómo actuar. Y yo le he dicho lo que YO haría pero que ella tiene que pensar en lo que ella quiere hacer. Le puedo dar mi punto de vista, pero que yo no soy ella.

Y no penséis que toda esta confianza se ha convertido en un coleguismo en el cual he aparcado mi papel de madre. Sigo siendo la sargento de siempre, sigo avisando que cuarto sin recoger es no hacer planes, si no haces tus tareas, no tienes tus privilegios. Y, sobre todo, no tolero ciertas formas de hablarme. Cuando se le olvida que habla con su madre, le paro los pies rápidamente con un “recuerda que soy tu madre y no uno de tus colegas” y ella rectifica.

Y sí, los adolescentes tienen unos cambios de humor y una soltura para soltar malas contestaciones, que es para matarlos varias veces al día. Pero para eso también tenemos una frase: “jugamos a quién es más borde/ quién tiene más mala leche / quién se enfada más?” y listo. La tensión se rebaja inmediatamente. Así que ser una bruja todos estos años ha tenido su parte buena.

Mi conclusión

La adolescencia es un período difícil porque tu hijo pequeño de repente se está convirtiendo en un mini adulto. No están de acuerdo contigo en todo, te discuten las normas, las decisiones, se apoyan más en sus amigos que en ti, descubren nuevas músicas, nuevas series, nuevas películas que tú, a veces, no entenderás.

Pero no lo cambio por nada del mundo. Reconozco que me gusta gran parte de su música, intento ver las series con ella (bueno, solo lo intento porque yo no tengo todas las horas que tiene ella para tragar capítulos), intento ver con ella sus películas (también intento porque claro, ahora se le ha dado por ver A tres metros sobre el cielo en bucle y, para mi gusto, no es una película que pase a la historia del cine).

Mi hija de 12 años se sigue pegando a mí en público, me coge de la mano, me abraza, me da besos. Le da absolutamente lo mismo quién esté delante. No le da vergüenza que la vean con su madre. Es más, no entiende por qué a los demás sí les da. Me promete que ella nunca dejará de abrazarme y darme besos en público.

Que todo tiene una parte negativa, pero ya mejor os lo cuento otro día.

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