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Facilidades (Microrrelato materno)

Microrrelato materno facilidades

 

Es de noche, aunque sean las 6 de la tarde. El cambio de hora europeo, aparte de resultarme absurdo, es molesto y poco práctico. Más aún viviendo en un barrio desierto, donde ni las farolas recuerdan encenderse la mayor parte los días. Ahí avanzamos las bolsas de la compra, el carrito del bebé, el bebé dentro de él, por suerte (al no sacarla de ahí es difícil que la deje olvidada en algún sitio) y yo. Nadie por la izquierda, nadie por la derecha. En un intento más digno del Circo del Sol que de una madre en pleno post-parto, saco las llaves de algún recóndito bolsillo y abro el estrecho portal. Suelo maldecir en estos momentos (y esta ocasión no fue una excepción) al que diseñó tal puerta con tal amplitud, estaba claro que no tenía hijos, o si los tenía los veía poco. Entramos como podemos, contorsionismo puro. Y mi bebé que tiene una baliza de posición perfecta, grita vivazmente para avisar al vecindario de que estamos llegando, por si alguien quiere bajar a ayudarnos a subir los 9 escalones que hay hasta el ascensor. No surte efecto, por lo que grita más fuerte, no fuera a ser que tuvieran la televisión muy alta y no nos estuvieran oyendo. Emprendo mi escalada, dispuesta a coronar la cima, primero las bolsas de la compra, luego el carrito y el bebé berreante. Y en un último viaje, yo, que tras todo este movimiento he dejado abierta la puerta del portal, accesible a cualquier desaprensivo. Y en ese momento, cuando casi alcanzo el último escalón, una cáscara de plátano invisible me hace resbalar, cayendo de manera poco digna escaleras abajo.

Reviso mis huesos, todo en orden, lo único fracturado es mi dignidad. Entonces aparece, heroico, el vecino paseador de perros, dispuesto a ofrecer su altruista ayuda. No me ayudó a subir el carrito, no estuvo ahí para sujetar la puerta. ¡Ah! Pero si estuvo, ¡chas! Como un destello para presenciar mi accidental torpeza. Llega tarde señor, puede irse, ya hemos cumplido por hoy.

Añado a mi lista entonces otros dos seres más contra los que maldecir cada vez que quiera entrar en casa. El vecino oportuno, y el colocador de escaleras pre-ascensor. Facilitando la vida desde tiempos inmemoriales.

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